Fernanda Geisse en ArtStgo26
Santiago · 22–23 agosto 2026
Una selección de obras que recorre dos líneas de mi trabajo: la reinterpretación de imágenes instaladas en nuestra memoria cultural y la observación de aquellos objetos y escenas cotidianas que, bajo otra mirada, comienzan a contar algo más.
Rituales cotidianos
Amparo
Amparo nace de la necesidad de proteger aquello que nos mantiene vivos.
Un corazón anatómico emerge del fondo oscuro, contenido por un marco dorado de apariencia antigua. La pieza transforma un órgano vulnerable y visceral en algo que merece ser resguardado, casi como una reliquia. El contraste entre la crudeza del corazón y la solemnidad del marco habla de aquello que sentimos profundamente, pero que muchas veces intentamos mantener a salvo.
Amparar no significa esconder ni evitar la herida. Significa reconocer el valor de lo frágil y decidir cuidarlo.
En esta obra, el corazón deja de ser únicamente un símbolo del amor para convertirse en territorio de memoria, resistencia y protección: un lugar que ha sentido, ha sido expuesto y, aun así, permanece vivo.
LA OTRA MIRADA
Meninas
2026
Técnica: Ilustración digital
Impresión: Fine Art
Soporte: Papel Goldenjet Etching Rag 305 g | 100% algodón
Dimensiones: 30 × 40 cm | 15 × 20 cm
Edición: Limitada, firmada y numerada
Incluye: Certificado de autenticidad
Meninas nace de volver a mirar una imagen que conocemos desde hace siglos y preguntarme qué ocurre cuando dejamos de observarla desde la historia y comenzamos a hacerlo desde la vida.
En Las Meninas de Velázquez, la infanta Margarita ocupa el centro de una escena llena de miradas, posiciones y relaciones que parecen suspendidas en un instante. Nosotros, sin embargo, la observamos desde otro tiempo. Sabemos que esa niña continuará creciendo, que su historia avanzará mucho más allá de ese salón y que ese momento, que para ella era simplemente presente, terminará convertido en pasado.
En mi reinterpretación aparecen elementos que funcionan como pequeñas pistas. Símbolos que conviven con la escena y que sugieren aquello que todavía no ha ocurrido. No buscan contar literalmente su historia ni convertir la obra en una predicción, sino utilizar su figura para hablar de algo profundamente cotidiano: la imposibilidad de conocer nuestra propia vida mientras la estamos viviendo.
Todos habitamos nuestro presente de una manera parecida. Tomamos decisiones, construimos relaciones, dejamos pasar algunas cosas y nos aferramos a otras sin saber cuáles terminarán siendo determinantes. Solo con el tiempo somos capaces de volver atrás y reconocer señales, coincidencias, advertencias o pequeños momentos que entonces parecían insignificantes.
Por eso, uno de los elementos centrales de Más Meninas es un pequeño espejo. Desde lejos puede confundirse con un espacio vacío dentro de la composición, pero al acercarse revela su función. Por su tamaño, no devuelve un retrato completo: refleja apenas una parte de quien observa, idealmente su ojo.
En ese instante, el espectador deja de estar completamente fuera de la obra.
Su mirada entra en ella.
El espejo transforma así una escena sobre la vida de otra persona en una pregunta sobre la propia. Si pudiéramos observar nuestro presente desde el futuro, ¿qué cosas reconoceríamos? ¿Qué detalles que hoy parecen secundarios adquirirían otro significado? ¿Cuánto de nuestra historia está ocurriendo frente a nosotros sin que todavía seamos capaces de verlo?
Más Meninas no intenta responder esas preguntas. Propone detenerse frente a ellas.
Porque quizás mirar una obra del pasado también puede ser una forma de preguntarnos cómo estamos mirando nuestro propio presente.
la otra mirada
Perla
2024
Técnica: Ilustración digital
Impresión: Fine Art
Soporte: Papel Goldenjet Etching Rag 305 g | 100% algodón
Dimensiones: 40 × 30 cm | 20 × 15 cm
Edición: Limitada, firmada y numerada
Incluye: Certificado de autenticidad
Serie: La Otra mirada — Relecturas de la historia del arte
Obra de referencia: La joven de la perla (c. 1665), Johannes Vermeer
Presentada en: ArtStgo 26, Santiago de Chile, 2026
Perla nace de volver a mirar una de las figuras femeninas más reconocibles de la historia del arte y preguntarme cuánto de lo que creemos ver en ella realmente le pertenece.
De la joven retratada por Vermeer sabemos muy poco. No conocemos su nombre, su historia ni qué pensaba mientras era observada. Ni siquiera estamos frente a un retrato en el sentido tradicional, sino ante una figura construida para ser mirada. Sin embargo, durante siglos hemos intentado imaginar quién era, qué sentía y qué podía esconder detrás de esa expresión suspendida.
Quizás ahí comienza una reflexión que sigue siendo profundamente contemporánea.
La historia del arte está llena de mujeres que conocemos por sus rostros, sus cuerpos o por la manera en que fueron representadas, pero cuyas voces permanecen ausentes. Mujeres convertidas en musas, personajes, símbolos de belleza, maternidad, deseo, virtud o misterio. Las hemos observado durante siglos y, muchas veces, hemos confundido aquello que vemos con aquello que ellas son.
En mi reinterpretación quise sacar a esta joven del tiempo al que visualmente pertenece. Cambié su vestuario, mantuve su mirada y la situé junto a un gato blanco. No para imaginar cómo sería hoy la joven de Vermeer, sino para comprobar qué sucede cuando desaparecen algunos de los códigos que utilizamos para ubicarla.
La ropa cambia. La época cambia. Los objetos cambian.
Ella sigue mirándonos.
Y entonces aparece otra pregunta: ¿cuánto ha cambiado realmente nuestra manera de mirar a una mujer?
Seguimos interpretando rostros, construyendo historias y atribuyendo identidades a partir de una imagen. Seguimos intentando descifrar quién es una mujer por cómo se viste, cómo mira, cómo ocupa el espacio o qué decide mostrar de sí misma. Cambian los códigos, pero permanece nuestra necesidad de interpretar.
El gato blanco introduce otra presencia dentro de esa relación. A diferencia de la joven, no parece necesitar explicación. Está ahí simplemente existiendo, sin justificar su lugar ni devolvernos ninguna respuesta. Su presencia acompaña, pero también tensiona la escena: frente a una figura femenina sobre la que inevitablemente proyectamos significados, aparece un animal al que permitimos simplemente ser.
Perla propone devolverle algo de esa posibilidad a la mujer que observamos.
No preguntarnos inmediatamente quién es, qué representa o qué historia deberíamos construir para ella. Tal vez permitirnos contemplarla sin terminar de definirla.
Porque una mujer puede ser observada sin convertirse necesariamente en explicación, símbolo o relato.
Puede existir más allá de nuestra mirada.
LA OTRA MIRADA
Mona Lisa
2024
Técnica: Ilustración digital
Impresión: Fine Art
Soporte: Papel Goldenjet Etching Rag 305 g | 100% algodón
Dimensiones: 40 × 30 cm | 20 × 15 cm
Edición: Limitada, firmada y numerada
Incluye: Certificado de autenticidad
Mona Lisa parte de una paradoja: estamos frente a uno de los rostros femeninos más reconocibles del mundo y, sin embargo, sabemos muy poco de la mujer que estamos mirando.
Durante siglos hemos hablado de su sonrisa, de su expresión, de su mirada. Hemos intentado descifrarla, explicar qué pensaba, qué sentía e incluso quién era realmente. Su rostro ha sido estudiado, reproducido, intervenido, parodiado y convertido en un ícono que excede por completo a la persona que alguna vez estuvo frente a Leonardo da Vinci.
La mujer terminó convertida en imagen.
Y quizás eso es precisamente lo que hace que volver a mirarla hoy resulte tan interesante.
Porque vivimos en una época en la que los rostros circulan constantemente. Los fotografiamos, publicamos, compartimos y transformamos en pequeñas representaciones de quiénes somos. Elegimos qué mostrar y, al mismo tiempo, somos interpretados por personas que conocen apenas un fragmento de nuestra historia.
En el caso de las mujeres, esa mirada ha estado históricamente cargada de expectativas. Cómo debe verse una mujer, cómo debe comportarse, cuánto debe mostrar, cuánto debe ocultar, cuándo una expresión resulta amable, misteriosa, provocadora, correcta o incómoda.
Quizás por eso seguimos hablando de la sonrisa de Mona Lisa.
Una expresión mínima ha sido suficiente para sostener siglos de interpretaciones.
Mi reinterpretación no intenta resolver ese misterio. Al contrario, me interesa conservarlo y desplazarlo hacia el presente. Sacarla de la solemnidad con la que hemos aprendido a observarla y devolverle cierta autonomía frente a nuestra necesidad permanente de comprenderla.
Porque tal vez el misterio nunca estuvo realmente en su sonrisa.
Tal vez está en nuestra incapacidad de aceptar que podemos mirar a una mujer sin saber exactamente qué está pensando.
Mona Lisa nos enfrenta así a una pregunta que atraviesa toda esta serie: cuánto de aquello que creemos conocer pertenece realmente a la persona que observamos y cuánto ha sido construido por nuestra propia mirada.
Después de más de quinientos años seguimos frente a ella intentando descifrarla.
Y ella, simplemente, continúa mirando.
La Otra mirada
Frida
2023
Técnica: Ilustración digital
Impresión: Fine Art
Soporte: Papel Goldenjet Etching Rag 305 g | 100% algodón
Dimensiones: 40 × 30 cm | 20 × 15 cm
Edición: Limitada, firmada y numerada
Incluye: Certificado de autenticidad
Serie: Otra mirada — Relecturas de la historia del arte
Figura de referencia: Frida Kahlo (1907–1954)
Presentada en: ArtStgo 26, Santiago de Chile, 2026
Esta obra comenzó como un retrato de Frida Kahlo y terminó convirtiéndose en otra cosa.
La empecé antes de atravesar una experiencia de pérdida que transformó inevitablemente mi manera de trabajarla. Mientras la ilustración avanzaba, comenzaron a aparecer elementos que ya no hablaban solamente de Frida, sino también de aquello que yo estaba intentando comprender. Sin planificarlo del todo, su figura se convirtió en un territorio donde pude depositar emociones para las que todavía no encontraba palabras.
Quizás por eso elegí a Frida.
Hay artistas cuya obra parece inseparable de su biografía, y en ella esa relación resulta especialmente evidente. Su cuerpo, sus vínculos, su identidad y sus experiencias aparecen una y otra vez transformados en imágenes. No porque el dolor sea condición para crear, ni porque haya algo bello en sufrir, sino porque el arte puede ofrecernos un lenguaje cuando el lenguaje cotidiano resulta insuficiente.
En mi Frida, esa imposibilidad de decir aparece literalmente en el cuerpo.Un corazón se instala en la garganta. Está ahí, apretado, ocupando el lugar de la voz. Representa esa sensación física de tener algo que necesita salir y, al mismo tiempo, no poder nombrarlo todavía.
A su alrededor aparecen otros símbolos. Las abejas funcionan como mensajeras entre mundos; una planta fantástica conecta lo tangible con lo onírico; el gato negro permanece agazapado como esa sombra que nos acompaña y que, tarde o temprano, debemos aprender a reconocer como parte de nosotros mismos. El azul busca calmar mientras el rojo concentra la tensión. Nada está puesto únicamente para decorar la figura: cada elemento sostiene una parte del relato.
Pero esta obra tampoco intenta explicar el dolor. Me interesa precisamente aquello que no podemos ordenar tan fácilmente. Hay experiencias que no llegan acompañadas de una enseñanza, una respuesta o una conclusión. Primero ocurren. Después intentamos habitarlas. Y mucho más tarde, quizás, somos capaces de mirarlas desde otro lugar.
Crear puede formar parte de ese proceso. No necesariamente para sanar, olvidar o convertir lo vivido en algo positivo, sino simplemente para darle una forma. Sacarlo por un momento de nosotros mismos y ponerlo enfrente. Observarlo. Reconocer que existe. Por eso esta Frida terminó siendo también un autorretrato sin mi rostro. Utilicé una figura reconocible de la historia del arte para hablar de algo profundamente propio. Su rostro permaneció, pero los símbolos comenzaron a pertenecer a mi historia.
Y ahí aparece una de las ideas que atraviesa La Otra mirada: cuando reinterpretamos una imagen, nunca la observamos desde un lugar completamente neutro. Llegamos hasta ella cargados de nuestra historia, nuestras pérdidas, nuestros afectos y nuestra manera particular de comprender el mundo.
Tal vez por eso una misma obra puede significar cosas completamente distintas en diferentes momentos de nuestra vida. A veces miramos una imagen. Y otras veces, inesperadamente, encontramos dentro de ella una forma de mirarnos.
Frente a una historia del arte llena de mujeres observadas, Frida decidió también observarse a sí misma. Y convertir esa mirada en obra.
RITUALES cotidianos
Tazadora
2023
Técnica: Ilustración digital
Impresión: Fine Art
Soporte: Papel Goldenjet Etching Rag 305 g | 100% algodón
Dimensiones: 30 × 40 cm | 15 × 20 cm
Edición: Limitada, firmada y numerada
Incluye: Certificado de autenticidad
Serie: Otra mirada — Relecturas de la historia del arte
Figura de referencia: Frida Kahlo (1907–1954)
Presentada en: ArtStgo 26, Santiago de Chile, 2026
Tazadora nace de uno de esos gestos aparentemente simples que repetimos tantas veces que dejamos de observarlos: preparar una taza de té, sentarnos frente a ella y permitir que durante unos minutos el tiempo transcurra de otra manera.
Hay algo particular en el ritual del té. No se trata únicamente de beber. Está la espera, el calor entre las manos, la conversación que se extiende, los silencios que no necesitan ser llenados y ese pequeño intervalo que se abre dentro de un día que continúa ocurriendo alrededor.
En esta obra, la taza deja de ser un objeto y se transforma en un lugar.
La mujer que aparece dentro de ella no está bebiendo el té, lo habita. Apoya los brazos sobre el borde y permanece quieta, observando. Su escala altera nuestra relación con un objeto completamente familiar y convierte ese espacio mínimo en un territorio de contemplación.
Me interesa ese instante en que aparentemente no está ocurriendo nada.
Vivimos acostumbrados a medir el tiempo por aquello que hacemos. Producimos, avanzamos, respondemos, llegamos, resolvemos. Incluso nuestros momentos de descanso parecen necesitar una finalidad. Sin embargo, gran parte de nuestra vida ocurre precisamente en esos espacios intermedios, mientras esperamos, mientras escuchamos, mientras observamos, mientras compartimos una conversación que no sabemos exactamente hacia dónde va.
Una taza de té puede contener todo eso.
Por eso en Tazadora me interesa la observación tanto como el ritual. La figura mira hacia afuera mientras nosotros la miramos a ella. Hay una pausa compartida entre ambos. Por unos segundos, quien observa la obra también queda detenido frente a esa taza.
Quizás los rituales cotidianos cumplen precisamente esa función, introducir pequeñas pausas dentro del movimiento permanente de la vida. No necesitan ser extraordinarios para ser importantes.
Rituales cotidianos
Un Café Caliente
2026
Versión I — Fine Art
Técnica: Ilustración digital
Impresión: Fine Art
Soporte: Papel Goldenjet Etching Rag 305 g | 100% algodón
Dimensiones: 40 x 30 | 20 x 15
Edición: Limitada, firmada y numerada
Incluye: Certificado de autenticidad
Serie:Rituales cotidianos
Presentada en: ArtStgo 26, Santiago de Chile, 2026
Un café caliente habla de una pausa elegida. Una mujer permanece sumergida dentro de una taza de café. Simplemente está ahí, entregada al calor y al instante, como si durante unos minutos todo lo que existe fuera ese pequeño espacio que ha decidido habitar.
Me interesa la idea de estar sumergidos en algo sin que eso signifique desaparecer. Al contrario, estar tan presentes que por un momento dejamos fuera el ruido, las obligaciones y esa sensación permanente de que deberíamos estar haciendo otra cosa.
Hay rituales cotidianos que tienen esa capacidad. Preparar un café puede parecer un gesto insignificante dentro de un día. Lo hacemos casi automáticamente, calentamos el agua, elegimos una taza, esperamos, bebemos. Pero algunas veces ese gesto abre un espacio distinto. Nos sentamos. Sostenemos algo caliente entre las manos. Miramos por una ventana, conversamos con alguien o simplemente permanecemos en silencio.
Y el tiempo cambia. La mujer de Un café caliente lleva esa sensación al extremo. No sostiene la taza, habita su interior. Su cuerpo está sumergido en aquello que normalmente consumimos rápidamente y continuamos nuestro camino. Ella hace exactamente lo contrario. Se queda. Hay algo deliberado en ese gesto. Vivimos rodeados de discursos que nos empujan a aprovechar el tiempo, administrarlo, optimizarlo y convertirlo en resultados. Incluso descansar puede transformarse en una tarea más dentro de una lista. Frente a esa lógica, disfrutar de algo sin buscar que produzca ninguna consecuencia puede parecer un gesto pequeño, pero profundamente necesario.
La obra no propone escapar de la vida cotidiana, sino entrar más profundamente en ella. En ese sentido, el café funciona como un espacio íntimo. Puede contener silencio, pensamientos, conversaciones, cansancio, compañía o soledad. El ritual puede repetirse todos los días y, sin embargo, nunca es exactamente el mismo, porque tampoco somos los mismos cada vez que volvemos a él.
Por eso la mujer permanece sumergida. No está esperando que comience algo más importante. Ese momento ya es importante.
Un café caliente es una invitación a reconocer esos pequeños espacios que muchas veces atravesamos con prisa. A permitirnos disfrutarlos sin culpa, sin productividad y sin necesidad de convertirlos en otra cosa. Es algo necesario y tan sencillo como quedarse, unos minutos más, dentro de un café caliente.
RITUALES COTIDIANOS
Un Café Caliente (Pintura)
2026
Versión II - Pintura
Técnica: Acrílico
Soporte: Tela
Dimensiones: 130 x100 cms
Espesor: 3 cms
Pieza única
Incluye: Certificado de autenticidad
Serie: Rituales cotidianos
Presentada en: ArtStgo 26, Santiago de Chile, 2026
Un café caliente nace de una imagen sencilla: una mujer sumergida en una taza de café, entregada por completo a ese momento.
Su cuerpo ocupa la taza con naturalidad, casi como si ese pequeño ritual cotidiano pudiera convertirse, por un instante, en un lugar.
Me interesa especialmente la idea de habitar la pausa en lugar de simplemente atravesarla.
Estamos acostumbrados a pensar el tiempo desde lo que hacemos con él. Lo dividimos, organizamos, aprovechamos y llenamos. Incluso cuando descansamos, muchas veces seguimos pendientes de lo siguiente. La pausa termina convertida en un intervalo entre dos obligaciones.
Esta mujer propone otra relación con el tiempo. Está completamente presente.
El café caliente, entonces, deja de ser únicamente una bebida. Se transforma en refugio, temperatura, silencio y placer. Hay algo casi desafiante en su comodidad, la posibilidad de disfrutar sin tener que justificar para qué o por qué. Su desnudez refuerza esa sensación. No busca exhibirse ni esconderse. Está cómoda dentro de su propio cuerpo, ocupando el espacio que necesita y permitiéndose disfrutarlo.
La escala de la obra lleva ese gesto cotidiano a otra dimensión. Lo íntimo se vuelve monumental. Aquello que normalmente cabe entre nuestras manos ahora nos contiene a nosotros. El fondo azul profundo acentúa ese aislamiento. La escena parece suspendida fuera del ruido cotidiano, mientras la porcelana blanca y azul emerge con fuerza desde la oscuridad. Dentro de ella, el café construye un espacio cálido, casi privado.
Un café caliente forma parte de Rituales cotidianos, una serie que observa aquellos gestos que repetimos una y otra vez y que, precisamente por su familiaridad, muchas veces dejamos de mirar. Nuestra vida no esté construida solamente por los grandes acontecimientos. Quizá también esté hecha de estos pequeños espacios que repetimos todos los días: conversaciones, silencios, esperas, tazas compartidas y momentos que no necesitan convertirse en nada más.
La vida ya está ocurriendo ahí.
Rituales Cotidianos
Corazón en la mano
2026
Técnica: Pintura Acrílico
Soporte:Tela
Dimensiones: 60 x 40 cms
Espesor: 3 cms
Pieza única
Incluye:Certificado de autenticidad
Serie:Rituales cotidianos
Presentada en: ArtStgo 26, Santiago de Chile, 2026
Corazón en la mano nace de llevar una expresión cotidiana hasta sus últimas consecuencias: ¿qué significaría tener, realmente, el corazón en la mano?
La frase suele hablar de vulnerabilidad, incertidumbre, de mostrarnos sin demasiadas defensas, de entregar aquello que sentimos aun sabiendo que puede ser recibido, rechazado o herido. Pero al convertir esa metáfora en una imagen literal, algo cambia. El gesto deja de ser únicamente emocional y se vuelve físico, corporal, visceral.
La mano sostiene un corazón anatómico con firmeza. No lo ofrece delicadamente ni lo mantiene a distancia. Lo toma. Hay tensión en los dedos, presión, contacto. El corazón deja de ser el símbolo perfecto y romántico con el que habitualmente representamos el amor para volver a ser lo que es, un órgano vivo, vulnerable y profundamente humano. Me interesa esa contradicción.
Decimos que entregamos el corazón como si se tratara de algo etéreo, pero sentir nunca lo es del todo. Hay experiencias que sentimos antes incluso de ser capaces de comprenderlas o ponerlas en palabras.
La mano tiene fuerza, pero aquello que sostiene es frágil. Puede protegerlo y, al mismo tiempo, ejercer presión sobre él. Esa tensión habla también de nuestra relación con lo que sentimos, a veces cuidamos nuestras emociones; otras intentamos controlarlas, contenerlas o aferrarnos a ellas con demasiada fuerza.
Tener el corazón en la mano implica entonces una exposición. Pero no necesariamente hay fragilidad en ese acto. También puede haber decisión. Mostrar lo que sentimos requiere asumir el riesgo de ser vistos sin demasiadas capas entre nosotros y el otro. Implica reconocer que sentir intensamente no siempre es cómodo, ordenado ni hermoso. A veces es contradictorio, incómodo y visceral.